A lo largo de los años, ha prevalecido el “terroir”(terreno) por encima de las variedades de uva. La mayoría de viticultores han seleccionado las variedades y los clones de estas que más producían. De este modo, nuestro patrimonio actual en cuanto a variedades de vid, es mucho menor que el de hace 100 años.

Imaginemos un mapa europeo del vino: lo primero que nos viene a la mente son los nombres de las regiones vitivinícolas, como por ejemplo Rioja, Borgoña, Piamonte, Burdeos, Valle del Rhin, etc., en ningún caso imaginamos variedades de vid.

 

Cepa de Maturana Tinta. Fuente: Finca La Emperatriz

A partir de los años 80 empezó a incluirse la variedad de uva en las etiquetas de vino, creándose una tendencia algo peligrosa, ya que las que se han extendido por todo el mundo han sido las conocidas por los consumidores como “variedades de calidad” y esta tendencia ha puesto en peligro las diferentes cepas autóctonas de cada región.

Estas variedades minoritarias y poco conocidas, en ocasiones dan vinos muy originales. De esto podrían dar fe nuestros antepasados, que plantaban diferentes variedades en una misma parcela hasta principios del S. XX, siendo muy frecuente la mezcla de 2 ó 3 , blancas o tintas.

La primera cita sobre ellas fue en La Rioja, en el año 1622, y concretamente se habló sobre una variedad blanca, la Rivadavia. Era muy corriente en esta región la mezcla de uvas hasta mediados del S. XX. El protagonismo a las variedades comenzó en California, Chile, Australia o Argentina, dado que estos países no podían exportar los suelos y las condiciones de clima de otras áreas geográficas, consiguieron vender vinos por variedad.

En el año 1912 se cultivaban en Rioja 44 tipos de uvas diferentes y en la actualidad se han quedado con 7. Es ahora cuando se han puesto en marcha diversos proyectos para la recuperación de variedades autóctonas, que podrían romper el monopolio de la Tempranillo y dar argumentos diferenciadores a nivel internacional.

Viñedo de Verdil. Fuente: Bodegas Enguera.

Algunas de las variedades que se quieren recuperar son Maturana Tinta, Maturana Blanca, Cojón de Gato, Teta de Vaca, Morato o Regiruelo. Se les realiza un análisis genético y ampelográfico y se hacen elaboraciones para comprobar el potencial de la variedad, color, aromas, sabores, comportamiento en crianza, etc.

Racimo de Brancellao. Fuente: ribeiro.es

Algunas variedades de vid ya se han perdido para siempre como la Sán Jerónimo o la Cirujal. Esto nos debería de hacer reflexionar sobre la riqueza vitivinícola que tenemos en nuestro planeta. Favorecer la diversidad varietal y proteger nuestro patrimonio agrícola es labor de todos. Desde Boottle la apoyamos.

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